Gabriel Eliosa Aguilar tenía 17 años cuando cruzó la frontera por primera vez. Tenía miedo: todo era nuevo. Llegar a Tamaulipas, viajar con un pollero, atravesar el Río Bravo en una balsa junto a otros con el mismo sueño que él, caminar toda una noche por el desierto hasta llegar a la carretera donde una camioneta los esperaría, y así alcanzar Estados Unidos. Una travesía que repetiría tres veces a lo largo de su vida.
La primera vez solo permaneció un año. Recuerda que le costó cruzar: fue devuelto en dos ocasiones y solo a la tercera logró quedarse, aunque poco tiempo. En la segunda también llegó al país vecino y regresó a México; sin embargo, en la tercera ocasión lo hizo con visa de trabajo y se estableció allá durante 22 años.
Ya con 48 años, volvió a su patria debido a que enfermó en el país vecino y prefirió regresar a Atlixco para estar junto a su familia, conformada por sus padres y hermanos. “A que me ponga mal por acá, me pongo mal por allá”, fue el pensamiento que lo trajo de vuelta.
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Gabriel asegura que las veces que ha estado en la Unión Americana le ha ido bien. Se dedicó a la jardinería, oficio que le gusta y al que desearía seguir dedicándose, pero ahora en su propio país. “La verdad sí me fue muy bien. Agarré un buen trabajo; dedicarse a la jardinería, la verdad, es muy buen trabajo”, comenta.
El regreso al municipio que lo vio nacer, después de 22 años de ausencia, fue muy emotivo. Sin embargo, Atlixco ya no era el mismo: ni las calles, ni las personas, ni las oportunidades laborales, cada vez más escasas. “Allá, por lo que sea, hay trabajo, hay solvencia económica y hay de todo; acá está muy difícil la situación, y ahora que regreso está peor”, lamenta.
Por ahora apoya a su padre en un taller de hojalatería artesanal, aunque insiste en que lo suyo es la jardinería. Espera encontrar una oportunidad laboral que le permita quedarse definitivamente en México.
Editor: César A. García






