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La importancia de llamarse Felipe Ángeles

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“México será la cuna extemporánea del militarismo burocrático más institucionalizado de América Latina”. Recuerdo que lo escribí el 3 de julio de 2019 a propósito del primer año del gobierno del presidente López Obrador en un Blog que no he dejado de cultivar durante la última década. Y efectivamente, en sólo seis días las fuerzas armadas, a propósito del natalicio del Benemérito de las Américas, inaugurarán el quinto aeropuerto más importante del país sólo después de Ciudad de México, Cancún, Guadalajara y Monterrey.

¿El quinto aeropuerto con más posiciones reales de vuelo en México, y que además se construyó con un sobrecosto de 200 por ciento con respecto a la proyección inicial de 2019? Dejemos ese debate para la próxima columna, y hagámosle como Andrés Manuel en el espectáculo decadente de La Mañanera: salgámonos por la tangente del pasado. ¿Quién fue realmente Felipe Ángeles? La 4T no pudo haber elegido un mejor personaje: se trata de una figura holística que representa como pocas la contradicción manifiesta del aparato militar a causa de un acelerado proceso de industrialización y burocratización sin precedente en su memoria histórica.

Felipe Ángeles, como la mayoría de los hombres ilustrados de su tiempo, fue un producto del régimen. Gracias a su padre, el coronel Felipe Ángeles Melo, que combatió contra la intervención norteamericana de 1847 y contra la francesa de 1862, recibió una beca concedida por Porfirio Díaz para estudiar en el Colegio Militar de Chapultepec; su desempeño fue encomiable y pronto, en 1909, en la antesala de la Revolución Mexicana fue enviado a Francia apoyado por el gobierno de México.

Era un hombre leal y disciplinado, no se sumó a la lucha maderista sino después de la renuncia de Díaz en mayo de 1911, y de hecho fue el gobierno de Francisco Indalecio quien lo convirtió en general brigadier por haber combatido a los zapatistas que anhelaban “tierra y libertad”.

Un hombre forjado por la mentalidad del poder: aunque fue apresado durante los hechos de la Decena Trágica, siempre estuvo bajo las órdenes de Victoriano Huerta –el general que se sentó a la mesa con el embajador norteamericano para planear el golpe contra Madero–, de hecho fue su obediencia y su prestigio lo que literalmente le salvó la vida. Otra vez lo mandaron a París en 1913, una estadía costeada por el gobierno del “usurpador” que estaba sofocando la lucha constitucionalista.

Como buen estratega, Felipe Ángeles era un advenedizo que tenía sentido de oportunidad: regresó a México para sumarse a la causa de Venustiano Carranza quien lo nombró subsecretario de guerra de un gobierno itinerante, pronto se alió con Francisco Villa y junto con Los Dorados terminó combatiendo al ejército que literalmente lo mantuvo y lo forjó.

No tardaron en llegar los años de la Convención de Aguascalientes y para entonces Ángeles ya era un rabioso anti-carrancista, rompió con Villa y se exilió en Estados Unidos donde, según sus artículos publicados, ya era un ferviente “socialista” admirador de las posturas ideológicas de Karl Marx. Regresó a México a finales de 1918 y un año después Carranza ajustó cuentas en un Consejo de Guerra. Fue fusilado por el ejército constitucionalista, el mismo que derrotó a las fuerzas porfiristas a las que originalmente pertenecía.

Han pasado 103 años desde entonces y ahora un aeropuerto inaugurado por López Obrador lleva su nombre; construido y administrado por un ejército plagado de generales que se forjaron en los años de Luis Echeverría y López Portillo. La 4T no podría haber elegido un mejor nombre.

Por Enrique Huerta