El debate poblano

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Uno de los grandes fetiches en las democracias occidentales consiste en hacerle creer al electorado que, en escasos segundos, los candidatos pueden resolver complejos problemas de política pública. Así que esperar propuestas en un debate no sólo implica una falta de comprensión de la naturaleza de la función pública, sino su inminente banalización.

En una elección cerrada, con un peligroso desenlace para la élite del poder, justo como la que estamos experimentando en Puebla en estos momentos: los candidatos punteros deben acudir a un debate con una discurso focalizado, con el objetivo de tratar de “pescar” votantes indecisos y obtener una ventaja comparativa frente a su oponente más cercano.

Al menos así lo entendió Eduardo Rivera que, a diferencia de su adversario morenista que cometió el error de siempre dirigirse a su base electoral, hábilmente se trepó al frenesí constructivo de sus viejos –y actuales– adversarios, los morenovallistas de las navidades pasadas, para mostrarle a ese electorado decisivo que votar por la 4T condenaría a la entidad al subdesarrollo y a la ineficiencia gubernamental.

Y aunque Alejandro Armenta intentó defenderse de “los ganchos al hígado” que le acomodó “el candidato del PRI”, estuvo muy lejos de lograr el mismo efecto y convencer más allá de su target electoral. Incluso cuando estuvo a punto de conseguirlo, gracias a su probado fervor animalista, Fernando Morales terminó ridiculizándolo con la puntada de que “faltó la jirafa Benito de recibir su reconocimiento” en el Senado de la República.

Claramente los debates son espectáculos, y como toda puesta en escena algunas son bastante aburridas –el debate entre Nacho Mier y el candidato “indígena” Néstor Camarillo, por ejemplo–, entretenidos –como el segundo debate presidencial donde Xóchitl Gálvez, gracias a los poderes que emanan de su Huipil, puso en aprietos a la doctora Sheinbaum–, o simplemente útiles para uno o más de sus participantes. En Puebla tuvimos esta última versión:

• Fernando Morales, a pesar de que está más cerca del INAPAM que de ser o parecer “un chavo ruco” de verdad, logrará asegurar el registro local de Movimiento Ciudadano pues, gracias al debate: 7 de cada 10 espectadores por primera vez tuvieron la oportunidad de escuchar su voz, y no faltará el incauto que ponga una cruz sobre su nombre.

• Alejandro Armenta no perdió electores, pero tampoco ganó nuevos votantes. Su base electoral es dura como la roca, su debilidad no está en su demagogia, digna de concurso de oratoria de los años 70, sino en la capacidad de sus operadores políticos para movilizar simpatizantes el día de la jornada electoral. Una operación que se antoja difícil para Morena a causa de las múltiples e inocultables facturas internas.

• Finalmente, Eduardo Rivera supo perfectamente a lo que iba y consiguió su objetivo: convencer a una pequeña fracción del electorado que no tenía en su preferencia efectiva una noche antes del espectáculo. ¿Le alcanzará esta pequeña “pesca” para romper el empate técnico en el que se encuentra? Lo sabremos en unos días.

Mientras tanto que empiecen los partidos a aceitar los motores de sus maquinarias, que el futuro político de Puebla está a un simple voto de distancia.