1521 o todos los tiempos

56

Por Enrique Huerta

“La gran plaza es un lugar que tiene una resonancia cósmica,
es un polo de atracción de siglos de festividades y batallas,
de celebraciones y conflictos”
Mattew Restall

No existe ningún lugar en el país con la atracción cósmica que la Plaza Mayor de la Ciudad de México. Siglos enteros de tumultos, desfiles, verbenas, gritos, golpes, intervenciones, triunfos y protestas; toda la historia nacional incluyendo los relatos poco conocidos de la resistencia han hecho presencia a las puertas del icónico palacio de piedra volcánica, el mismo que fue construido por orden de Hernán Cortés y que ahí permaneció por decisión de los virreyes de la Nueva España por la única razón, casi poética, de emular el poderío del gran Moctezuma Xocoyotzin despachando los asuntos del reino donde el tlatoani dirigía los destinos del gran imperio. De ese tamaño el peso de la presencia de un pasado que lleva 500 años avergonzando y enorgulleciendo a sus descendientes.

¿Por qué no existe ninguna estatua de Moctezuma en ninguna parte de la Ciudad de México? El altorrelieve colonial del atrio de la Iglesia de San Hipólito, escondido tras las lonas del comercio ambulante de Av. Hidalgo y Paseo de la Reforma es todo lo que existe. De hecho reproduce una fantasía plasmada por Fray Diego Duran en una obra original del siglo XVI. El relato es una de tantas ficciones que idearon los españoles para justificar la ocupación de México-Tenochtitlan: todo comienza en un sueño de Moctezuma donde es elevado a los cielos por un águila gigantesca con claras intenciones de rapiña, una suerte de presagio que preconizaba la gloria y el triunfo de aquellos que venían a señorear estas tierras en nombre de Carlos V. La escena, absolutamente judeocristiana, bien podría estar plasmada en los muros del Museo Vaticano.

Te puede interesar:Grandes Esperanzas

500 años han pasado desde entonces y desafortunadamente la mitohistoria de la conquista goza de buena salud: un tlatoani pusilánime, extasiado y atemorizado por la superioridad del terrible pero formidable capitán Hernán Cortés subsiste en la imaginación colectiva de propios y extraños. Nada más lejano a lo que realmente ocurrió entre 1519 y 1521: una guerra hispano-azteca donde “los líderes nahuas tuvieron un papel más decisivo de lo que la narrativa tradicional les ha permitido, y estuvieron muy cerca de tener el control –y lo tuvieron en momentos concretos-, más de lo que estuvo Cortés” –Restall-.

¿Qué se conmemora? ¿El triunfo de los tlaxcaltecas, zempoaltecas, chichimecas y de otros pueblos aliados de los españoles sobre la México-Tenochtitlan? ¿La quema del Templo Mayor, la destrucción de la ciudad y un hambruna que incluyó hasta una guerra bacteriológica por los altos contagios de viruela colocando una absurda maqueta de triplay en el Zócalo de la capital? ¿El hecho de que nos comunicamos en la lengua de Cervantes mientras la deuda histórica con los pueblos indígenas ya está a punto del embargo? ¿O quizá festejamos el olvido frente al ocaso del resto de las civilizaciones de Mesoamérica que no hablaron en la lengua de Moctezuma? Conmemoramos el mito, qué otra cosa podría hacer la 4T que se cuece en ellos.