La consagración del 8M

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Por Enrique Huerta

«La tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que ahora vivimos es en verdad la regla. Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo»
Walter Benjamin

El 8 de marzo el miedo cambia de bando. Gritos, pintas, protestas, pancartas, historias, banderas y consignas enarbolan la lucha feminista; indignadas, beligerantes, las mujeres de todas las edades marchan sin concesiones: toman por asalto los monumentos del oficialismo, tumban las vallas del patriarcado, convierten las bardas en un memorial de dolor y flores, eligen nombres de víctimas y activistas para las calles de sus combates, y hasta decoran atrios y fuentes sin olvidarse de hacer fogatas sin bombones.

El problema viene con el alba. La república decadente se reinstala, la demagogia resulta ilesa, el aparato de propaganda funciona sin pretensiones, las fuerzas del orden optan por la simulación de costumbre mientras la procuración de justicia se hunde en un mar de investigaciones con escasas consignaciones. ¿Qué queda de la rebelión de las mujeres? Las pintas, los tweets, los reportajes, las columnas y las funas que terminarán con las historias de Instagram.

El problema está en que todas esas cosas caducan en 24 horas porque la indignación de los colectivos ha sido incapaz de generar estructuras de solidaridad y promover un movimiento de resistencia organizada permanente. La tragedia de este país es profunda: la única oposición real a la miserable partidocracia nacional no es capaz de superar una protesta espectacular, a pesar de que acumulan en su memoria 827 feminicidios en 2023 –sólo 132 menos que en 2022– junto con décadas de agravios y siglos de patriarcado.

El 9 de marzo cae en sábado, por la fuerza del calendario no habrá “un día sin ellas”. En otros años un puñado de mujeres asalariadas, no precisamente privilegiadas, abandonaban temporalmente la vida productiva mientras otras, mucho más precarizadas, nunca pudieron sumarse a la tendencia desde el campo, la maquila, el tianguis, el hogar y la central de abasto.

La siguiente semana comenzará con la esquizofrenia de costumbre: el soberano de Palacio se dirá “humanista” mientras defiende el estado de sitio en el que convirtió por más 24 horas la Plaza de la Constitución. Poco a poco el gran público regresa a la indignación del “Narcopresidente” y a los dichos –y memes– de las presidenciables, mientras se siguen contando las muertes por montones. Y sin embargo la pregunta sigue siendo la misma: ¿se atreverán los colectivos a abandonar el efímero espectáculo de la protesta para promover –como recomendaba Benjamin– un verdadero estado de excepción que mejorará su posición en la lucha contra el fascismo patriarcal? ¿O seguirán confiando en las bondades del escándalo y el grafitti de ocasión?

Con triste certeza puedo afirmar que han optado por lo segundo. Todo lo que usted acaba de leer no sucede aún porque hoy es 7 de marzo; no obstante, ocurrirá irremediablemente porque llevo años publicando la misma columna; desde luego con mínimas modificaciones para hacer pasar por actual un texto tan estéril como el espectáculo que reproduce.